Cenicienta

A veces pienso en cerrar todas las ventanas cuando se asoma buscando una complicidad pero me puede la curiosidad de imaginar qué piensa…
 
Esta mañana vi amanecer en el faro después de una noche de fiesta, risas y baile. No quería dormir y me fui a fumar un cigarrillo  al acantilado cuando todo el mundo se fue a casa. Pero el cansancio me pudo después de casi seis horas bailando. Lo peor es parar en esos casos porque se echa encima el dolor de los pies, las agujetas, la humedad de la piel y la ropa tras el sudor del baile (me gusta como huele la piel). No pensaba en nada, solo miraba el mar como clareaba.
Solo muchas horas después llegó el guiño cómplice que  dice que sigue ahí.
Y yo sigo sin saber qué quiero… o si?

Un amor más allá del amor,
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y de la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo
pero también para todas las posiciones
intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizá también como cerrarlos.

 
 

 

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