Epatando en el subdesarrollo

Ayer mientras conducía me vino el recuerdo de las muchas veces cuando era joven, y no tan joven, intenté comportarme como si no fuera yo, como alguien que nos mostraban las películas o veía a mi alrededor y me parecía que tenían los comportamientos que se esperaban de una mujer, que sabe lo que quiere y cómo lo quiere.

descargaEran gestos, palabras, actitudes con los que me encontraba fatal y me salían forzadísimos. Nunca supe si los demás se daban cuenta de lo mal que me sentía pero yo, mientras me comportaba como otra,  me decía todo el tiempo “trágame tierra”  sin saber  cómo parar aquella especie de bola de nieve que había creado y rodaba para aplastarme.

Cuando cesaba en mi impostura me sentía  tan ridícula que me daba vergüenza mirarme en el espejo y repasaba cada uno de los gestos y palabras para horrorizarme una y otra vez de mi misma diciéndome “deberías haber dicho, deberías haber hecho”…y aceptando de muy mala gana y abochornada que ya no tenía remedio.

Eran esos días que llegabas a casa y solo apetecía llorar.

Qué difícil me resultaba no ser yo y qué poca cosa era ser yo. Menudo dilema se me planteaba. Cuanto mejor quería aparecer ante alguien más cosas pasaban que me hacían sentir perfectamente estúpida. Y es que lo de la inteligencia emocional no se había inventado todavía. Ni la social que tantos consejos dan demostrando que, si fallas, es por tu culpa..ellos bien que te  dan herramientas para triunfar.

Recuerdo un día en una reunión de “jovenes católicos que luchaban por un nuevo mundo” a la que me había invitado  alguien que me fascinaba en la que todos hablaban un lenguaje incomprensible para mi -extraterrestre- y  yo escuchaba con  absoluta atención intentando descifrarlo. Mi cara debía de tener una expresión tan estupefacta que el “coordinador” del grupo me dio la palabra. Tenía 15 años o algo menos, no sé, y estaba intentando quitarme de encima un catarro con ronquera, pero lo que no me esperaba es que me quedase  totalmente sin voz cuando abrí la boca (después estuve varios días haciendo gárgaras con un líquido que sabía a rayos). Imposible decir una palabra ante aquel grupo que me miraba expectante, totalmente pendiente de mi (me pareció) que intentaba por señas explicar  que no podía hablar, pero el coordinador entendió y manifestó  en voz alta que obviamente no me atrevía y le dio la palabra a otra que sí habló. Después de ese malentendido ya no sé que pasó pero yo me sentí  taaaan tonta que no volví a asistir a ninguna otra reunión más.como-superar-la-ansiedad-social

Sin embargo  mi interés por alguno de los componente del grupo seguía e intentando que se fijara en mi  asistí a alguna de sus fiestas con música de tocata del que no me aparté ni un momento sin que nadie reparara en mi presencia, mientras  se cruzaban amores adolescentes en los que era aún más difícil descifrar lo que se decían. Espectadora   solitaria de la fiesta asistía a los cruces de palabras entre lágrimas, risas y más lágrimas de aquella gente alta, joven, guapa que se expresaba con un lenguaje “con altura de miras”  para manifestar sus enamoramientos y que, una vez más, a mi se me escapaba porque me  empeñada en estar en el lugar que no encajaba. No encontraba mi sitio.

Nada que ver con la película Hairspray, por ejemplo.

Hoy sé que tuve mucha suerte que me dejaran al margen y abandonar aquella movida juvenil, rodeada de curas, a la que me había llevado mi curiosidad permanente por cosas que creía diferentes  y que, en realidad, eran más de lo mismo.

Estos son solo dos ejemplos muy antiguos de situaciones de las que no aprendí: cada vez que alguien me gustaba y pretendía llamar su atención lo hacía, vaya si lo hacía… pero cayéndome, metiendo  la pata, literalmente, en un agujero que se ponía delante de mi para fastidiarme el momento, una y otra vez, porque antes fijo que no estaba! haciendo que sintiera solamente ganas de llorar de rabia. Momentos sublimes!.. y hubo muchos y no tan lejanos en el tiempo.

También he sido yo, en ocasiones, relajadamente y  sin cuestionarme. Mis mejores momentos sin duda.

Pero  aún así no escarmentaba. O al menos tengo la impresión de que tardé mucho en hacerlo. Y es que, como dije muchas veces, la incapacidad para relacionar los hechos es la base del subdesarrollo. Y de subdesarrollo me alimentaba  cada día.

 Pasó aquella etapa  juvenil sin que ello significara que hubiera asimilado  mucho que me sirviera para relacionar.

Mucho más tarde e incluso muchísimo más tarde, cada vez que me vestí de otra, metí la pata,  menos física que emocionalmente, pero con idéntica o peor sensación de ridículo.

Esa seguramente es una de las razones por las que me encantan las película de Woody Allen y su capacidad de diseccionar personalidades en algunas de las cuales veo reflejadas  mis contradicciones y miedos. Con la diferencia de que él es un genio

Lo peor es recordar cosas que escondería  en lo más profundo de un abismo pensando que los demás lo recuerdan como yo y le dan la importancia que yo le doy, porque en realidad ese momento solo significó algo para mi. Para bien o para mal. Los demás están muy ocupados con los suyos propios. Pero eso lo sé ahora.

Y es un alivio

La conclusión  más lógica desde la perspectiva del tiempo es que siempre que las cosas no salieron como yo esperaba me libré de una buena.,

Va a ser verdad lo de las plegarias atendidas

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curiosa
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